miércoles, 17 de noviembre de 2010

...

1
Parece que acá es de noche
Y allá ya no llueve tormentosamente

Déjame decir cuántas veces sea necesario
Todo lo que queda
Contar mil veces
En codos
Pies
Estadios
Metros
Leguas
Palitos de fósforo
O granos de sal
Cuánto es lo que debes recorrer
Para venir a expiarme todas las viejas culpas


2
La verdad es que en la medida
Que el té se enfría
Y leo tus mensajes
Una y otra vez
Puede haber algo de nulidad y sabor
Algo de clemencia por las vías de comunicación
Quizás una pisca de tranquilidad por la espera
Pero sabemos
No sea que el clima mate la ardura
Y que esta distancia flagelante
Muera a causa de su risa vengativa


3
Los dos son países perdidos, no hay duda
Eso lo sabemos secretamente desde sus nacimientos

Coinciden en lo vagabundo
En el traje viejo y parchado y sucio, sucio
Incluso podemos decir que ambos
Son el mismo país
Que han perdido la misma guerra
Otros dicen que no se han visto
No se conocen
Y que han ido olvidando la existencia del otro

Ambos países vagan perdidos
Eso lo sabemos
Y ninguno de nosotros es capaz de arreglar sus huellas

Claro
También nosotros somos vagabundos
Vivimos en ellos intermitentes
Por lo tanto sabemos de sus distancias
Y caminos en los que han coincididos
En tiempos distintos
Pero no podemos hacer nada
Es un cúmulo de huellas confusas las que dejan
En su restitos de historia

No se encontrarán pronto
Eso también es una de nuestras certezas
Entonces no podemos esperar a que se toquen
Moriríamos en el andén de enfrente mirándonos fijo
Sintiendo que nada valió la pena
Las soluciones dependen de nuestras acciones
Cariño

Son países perdidos sin duda
Caminan distantes como ninguno
En lo nuevo en lo antiguo
Y habitas allá tocando la ventana
Y yo habito acá terrible, arriba de una torre
Mirando al norte
Que es al único lugar que se mira
De esta profundidad extrema
Esperando que pronto
En medio de esta noche funesta
Sea tu venida.

sábado, 23 de octubre de 2010

Dé punto Erre punto

Dirán
No hay nada que perseguir
Que la virtud y la elocuencia abundan
en nuestras calles
Que el atletismo del deseo
Es diversión colorinche en fechas consabidas

(Amor
No te escondas en esas yerbas
No amamantes a tu hija del lado del puente que hay que cruzar)

¿el único criterio posible
es nuestra desventura?

Hay más policías en nuestras conciencias que en las calles de noche

Pero es así señores
Tal vez esta tarde me aplaudan mis críticas sociales
(anacrónicas, dice un amigo)
Y luego salgan en silencio
a mutar con el común de la gente
no me hables de lo común
me dirás altanero
háblame de lo bello
pedirás como el peor de los cursis
Entonces te diré que compres
la siguiente cerveza
Y trataré de confirmar lo que dice este poema
mientras lo escribo
esperando que vuelvas con la botella bien fría.

(Ayer, cariño,
Pude ver tu oscura cobardía como
la mayor de las epopeyas)

Quizás pasen muchos años
para cuando esta pequeña culebra
llamada nación
se nos convierta en algo más
que una oficina
en donde depositamos nuestra doble vida
o quizás también esos años decidan irse
a otros lugares menos abismales
y nos quedemos sentaditos
en la salita de espera de la historia.

Esta función se está volviendo aburrida
Se juega a la caza con el saber
y la deducción común
Y creo que esta es la quinta cerveza
Empiezo a articular palabras
de manera horrorosa, pienso en irme a la cama

la gente debe ser devuelta a
una barbarie más honesta
balbuceas a kilómetros de mi atención

Si nos creyéramos de verdad
el cuento que contamos
tal vez todo esto sirva de algo
tal vez tengamos algo que perseguir
y seguir siendo
un poco más animales salvajes
viviendo esta desventura

(Mañana tal vez ya no te eche de menos
Amor
Y me sirva de consuelo
la erosión de mi lengua y mi boca
pasando por tu huella)

las tardes empezarán más tempranos
perseguiremos el sol
o la primera estrella quizá
pero seguro que ambas
alumbrarán nuestras frentes arrugadas

Y el día que tengamos que morir
será porque el tiempo, la noche
(tus huellas, amor)
el sol anaranjado
el planeta y sus deseos
los llevemos en los bolsillos
donde los podamos
gastar a nuestro gusto

jueves, 19 de agosto de 2010

Poema pesimista para una estación hipócrita


Vuelca los hechos al punto en que haya que
dejar de creer en nosotros
A ese tiempo en que nuestras facultades dominaban lo cotidiano
A ese lugar en que el aire puro era lo común
Y las risas nada más que risas limpias
Hace mucho ya de eso

Ya llega otra vez la primavera
Y huele como si todo estuviera bien
Como si la vida tuviera un gran motivo de ser
Y todos compartieran una alegría de otro tiempo

Trata de que esta vez todo lo sucedido
No sea más
que el peor de los deseos del sujeto más deshonesto del mundo
Y no seamos sucios resultados de la suerte más oscura

No hay manera de empezar de nuevo este
fin de agosto casi cálido
lleno de sus aromos florecidos

Ahora se fabrican moldes con la forma de esta ciudad
en alguna lejana industria anacrónica

ya ni sé porqué te pido todo esto
estás más lejos que nunca
para que puedas siquiera
oír algo de este murmullo.
Es cierto que los preámbulos de septiembre y tú
son una unidad de hecho
Innata
Así ha sido siempre
Tal vez por eso te encargo sin autoridad
La tarea de retroceder o de avanzar por el tiempo
hasta que esta habitación fría no exista y
no tenga la necesidad de escribirte

Ya se viene la estación hipócrita
en que todo te incita a la felicidad
a pesar de golpes de estado y torres gemelas
hay que celebrar
pero sigues muy lejos, prefiero el invierno con su decadencia honesta
y su frío, frío

Hace tiempo que no pensaba en esto
tal vez del agosto anterior
en donde sí estabas
en donde era más llevadero olvidarse un poco de las miserias
o incluso la miseria misma podía ser pintoresca y simpática
sí, era cuando estabas.

Esta vez no hay oportunidad
De que alguien nos acompañe en medio de los parques
Y baile y se emborrache con nosotros
A menos que volvamos, claro, y
no nos creamos lo que somos ahora
a menos que vengas y me acompañes
a menos que la primavera no llegue y sigamos sufriendo de manera legítima en el invierno
a menos que no haya sucedido todo esto
o alguien haga estallar la fábrica de conductas
como acto libertario pro salvaje
o quizás se agoten las ganas de sobrevivir
o tal vez miles de cosas que no sucederán
y que aun si lo hacen temprano o tarde
tu seguirás estando lejos y
y yo me quedaré acá
sin fingir jamás
todos estos parques interiores

miércoles, 14 de abril de 2010

Susurro

“y soy un paria
que apenas tiene una capa…
venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia!”

León Felipe


Deja que se repita en mis branquias gélidas
La posibilidad de oírte susurrar
esa cancionsita para niños de una cantante extraña
que bien podría ser de Parral o de Génova o de Buenos Aires
A ver si sale una nota afinada
a la hora que tenga que dispararme.

Pero no te tapes la boca con tu silencio geométrico,
qué edad esta de mirarse con ganas
de ruidos lejanos y sorderas íntimas.

Deja de vaciar la mochila que cargo
Ya es suficientemente estúpido llevarla
para que vengas a hacer espacio para meterte
Toda la historia de mi vida va adentro con forma
de papeles mal escritos; mochila invisible.

Soy tan insignificante como se puede
Tu susurro de verdades
lo confirman tirando de mi polera
con el dedo más chico de la mano más chica imaginable.

Así
Esta tarde me dan unas ganas horribles de quemar
todos los poemas que he hecho o pintado
pero ¿cómo? Si aun no he escrito lo suficiente
para esforzarse en encender un fósforo
y sentir que valió la pena la hoguera.

Escribo tan poco que siento
la necesidad de escribir cosas importantes
la historia de un avión o un planeta o una galaxia arremolinada
Pero otra vez termino escribiendo de cuántas posibilidades
tengo de que susurres tímidamente en mi oído
esa cancionsita para niños
de una cantante desconocida, exiliada, lejana o muerta
que, mientras me acodo a mirar a la gente de la tarde,
creo que bien podrías ser tú
creada por mi precaridad.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Pasajera


PRIMERA TANDA

Todos los días espera la micro frente a la ventana de mi pieza a las cuatro de la tarde. Me fijé en ella hace dos meses por casualidad y de ahí no ha habido día que no espere la micro en frente de mi ventana. Yo también he formado parte de esa espera, como que me he ido volviendo un cómplice, la espero a que ella espere y se vaya. Así he renunciado a varios compromisos por estar en mi casa cada día a las cuatro de la tarde mientras ella se sienta muchas veces mirando al suelo con las piernas juntas, como si cada día fuera para resolver algo importante. Así, me volví a casa en medio del postre en un almuerzo familiar donde mi hermana nos anunciaba su embarazo, así también me fui en medio de un partido de baby en que ibamos perdiendo por un solo gol y necesitaban de mí ya que era el único arquero. Perdí también la posibilidad de un trabajo genial luego de saber que la entrevista era a las cuatro. Mi vida, y yo con ella, desaparece a las cuatro de la tarde, todos los días.

Dos meses una semana y tres días que yo la observo tomar la micro pasadas las cuatro de la tarde. Es bella, está de más decirlo, pero me tranquilizo al afirmarlo, por eso lo digo, es bella. Su ropa colorinche pareciera la misma todos los días, cada vez, pero no. Ella viste de verde los jueves por ejemplo, pero no es que viste toda de verde, solo que ese color,(que es mi color favorito y que gracias a eso la observé por primera vez) domina a los otros colores que visten su pequeñito cuerpo... ah! eso, es chiquita, no debe medir más de un metro sesenta, creo, aunque sólo la he visto sentada. Pero me he dado cuenta que lo pies casi le cuelgan de la banca del paradero. Cuando llega la micro la cubre y no puedo verla caminar.

domingo, 24 de enero de 2010

La protesta de Olivia


Hoy Olivia se acercó violentamente diciéndome que no era posible que siguiéramos viviendo juntos, que al menos ella se iba, que prefería pasar pellejerías ante de seguir viviendo en esta pocilga conmigo, dijo pocilga mirándome a los ojos, como intentando recalcarlo para que me duela. Hizo un detallado análisis de nuestra relación, desde que qué comíamos hasta la forma en que nos hacíamos cariño, siempre más egoísta tú, me dijo. Se pronunció acerca de que era necesario para ella salir, ir a ver a amigas y amigos, dejar de estar tanto en casa apoyada en el balcón de la terraza viendo pasar gente, perros y gatos, que se sentía como muerta a veces. Además mi departamento es muy chico, es de los nuevos que hacen ahora, apenas cabemos los dos.

Al principio traté de defenderme, diciendo que yo trabajaba para ella, que gran parte de lo que ganaba era exclusivamente para ella, siempre le elegía cosas buenas para comer, que no le faltaba nada. Pero Olivia quería amor, más cariño y a la vez más libertad, que no lo importaba tener que ir a cazar conejos a la montaña para poder comer, mientras yo pudiera ser comprensivo y cariñoso con ella. Luego de fracasados mis argumentos, me hizo recordar de cómo yo trataba a mi ex esposa, Irene. Ella sí que podía salir cuando quisiera, me increpaba, incluso volvía más tarde que tú, se dedicaba a lo que quería y ella misma conseguía sus cosas. En cambio yo, insistía, vivo encerrada acá donde lo único que puedo hacer es mirar al espejo y pensar que este departamento es el doble de grande; Olivia se lava todo el día la cara en un acto casi reflejo.

Traté de pararme a buscar agua y se puso en mi camino. Me miró fijamente y le pregunté si podía ir a tomar agua, no me dijo nada. Al volver me seguía esperando sentada en el sillón grande que lo tenía todo rasguñado, era su favorito. Casi nunca he sido capaz de plantear mis puntos de vista de manera que valga la pena, porque titubeo y tiendo a ceder. Pero esta vez era distinto, tenía muchas derrotas amorosas y era por quedarme callado, creo yo. Así que ahora fui muy claro. Me senté frente a ella en el sillón pequeño y le dije:

- Olivia. Quisiera saber si todas estas increpaciones son para tener una respuesta o solución a lo que planteas. El caso es el siguiente. Tú partes diciendo que te vas a ir, pero sin embargo esperas respuestas para encontrar alguna solución. Por lo tanto si me has dicho que de todas maneras te vas a ir, para qué, entonces, quieres subsanar los errores, si ya no serviría de nada en tu eventual huida. Si me preguntas, yo estoy por solucionar con acuerdos entre ambos todas estas diferencias. Ahora si en realidad te quieres ir, basta con que lo hagas y nada más.

Cambió su cara, estaba impresionada, pero tal vez no por lo que le decía, sino, por el hecho de que yo era capaz de decírselo, me conocía desde siempre. Tomé un sorbo de agua con la mirada atenta de Olivia y seguí, aunque esta vez un poco más cariñoso.

-Debo decirte que si te vas la tristeza se tomaría totalmente este departamento, y que por lo mismo te digo que quiero solucionarlo. Y yo sé que ese mismo espíritu lo tienes tú también, anda ven y arreglemos esto.

La cara de Olivia ahora era de absoluta comprensión. Me dijo que la disculpara, que sí que no quería irse, yo también le pedí disculpa por mantenerla tanto tiempo encerrada. Hablamos largo rato sobre cómo serían las cosas ahora en adelante. Y claro que va a salir más con una amiga que tiene, pero en las tardes cuando yo ya esté en casa. Iremos juntos a comprar su comida y ella la va a escoger, además de que le haré todo el cariño que me demande, y eso que los gatos demandan mucho cariño. Así, la he quedado mirando largo rato, y ella me ha maullado. Se ha subido a mis piernas a revolcarse mientras yo le hago cariño en la panza. Entonces cierra sus ojos y comienza a ronronear.

domingo, 17 de enero de 2010

Ciudadanía

Habemos de encontrarla, se dice,
En la ciudad en que caminan los deseos con paso sigiloso
En que el frío hace que los diálogos emitan nubes en las conversaciones secretas.

Se sabe que anda, que rodea el ímpetu de los exitosos
Y las maquetas de los arquitectos.

A las camas de los loft, solteros de cáscara de huevo,
Que en sus sueños desean no haberla encontrado
Que en reuniones se jactan de su libertad,
Pero les abunda en sus cervezas y vinos de ocasión.

Digamos que un día vino y no le abrí la puerta,
Pero eso es mucho decir
Mi puerta queda abierta siempre, hace rato tengo malo el cerrojo
Digamos más bien que anduvo y tuvo piedad, o compasión
La fuerza de la fragilidad es insospechada, me dijeron tirando vapor de sus bocas, vagabundos clandestinos
Y quedé secreteando a las ratas y palomas.

Se les ve buscándola, los distingo por sus camisas,
Algunos, subrepticiamente andan evitando la florería de sábanas limpias
y carteles de neón,
Otros tratan de olvidar los consuelos de pantalla y se dejan llevar.

La ciudad en que caminan las ruedas del orden a paso agigantado
Resguarda mi ubicación correcta de la que me escapo
Incita a mi criterio desobediente y desalineado
Me obvía en las tarjetas de navidad y casamientos blancos.

Habemos de encontrarla, se dice,
Pero se percibe el frío secretamente
Y a veces cuando anda de madrugada bebiendo de los vasos abandonados y nadie ve entre ventanas,
Ella misma secretea
y el vapor que sale de su boca es la señal para que se acerquen los desdichados de alcantarilla y museo
a pedirle el último trago y el último consejo trasnochado.

viernes, 8 de enero de 2010

La Salida


“Entro. Una mano en la pistola y la otra a punto de bajarme el pasamontañas” Ramírez anota cada uno de los detalles para la noche del jueves, sentía como si estuviese diseñando una fórmula perfecta. “El viejo cierra todos los días sagradamente a las doce y media, me cercioro de que no hayan clientes. Si los hay, quiere decir que se demorará en cerrar, entonces espero en frente detrás del árbol grande, delante de la casa rosada (en esas situaciones empiezas a oler el polvo en la oscuridad). Lo importante es que el local esté solo, ahí me bajo el gorro pasamontañas justo un momento antes de entrar. Tomo la pistola, la saco fuera y lo apunto directo a la frente, no sería la primera vez que apunto a alguien. Le exijo el dinero, (necesito tan poco), con lo de la caja creo que me bastará (he sabido que a diario recauda alrededor de ochocientos cincuenta, no está mal). Lo amarro, dejo cerrado el local aunque sin candado, y me voy por la calle lateral, la que da a Cumming. Al otro día a primera hora pago mi cuenta, y tomo el bus rumbo a Buenos Aires.”

Ramírez siente que lo tiene todo planeado, que no hay ningún detalle que se le escapa. Él sólo es un ladrón de circunstancias. Lo ha hecho una vez, aunque en su intimidad siente que son dos, por esa vez cuando a los doce años obligó a una niña a darle todo el dinero que llevaba. La frase la había sacado de una película doblada en alguna empresa mexicana, “dame todo el dinero que tienes”, le dijo apuntándola con una honda directo a la cara. Todo era para reponer una plata de su mamá que se había gastado en los flippers en vez de comprar pan y palta para la once. El otro prefería no recordarlo. Digamos que un robo es aquel que se planea, se decía Ramírez en la intimidad. Aquel que consta de objetivos claros, de métodos calculados con anterioridad. El resto es delincuencia irracional.

Era martes y todo estaba planeado para el jueves. Vivía en una pensión cerca del lugar del atraco, sin embargo no era muy conocido por el barrio. Había llegado dos meses antes desde Villa Alemana. Su padre era militar y él un día ya no lo soportó más y se fue de la casa. Tenía una relación volátil con la realidad, aunque cuando había de ser concreto, Ramírez era capaz de destruir montañas con tal de lograr ciertos objetivos. Su pragmatismo lo llevaba a depurar de sus prioridades las cosas en las que realmente debía de ocuparse, lo que trascendería realmente, eso para él tenía sentido. Nunca le dio importancia, por ejemplo, a lavar los platos sucios inmediatamente después de comer, pero cuando se acordaba que había que hacerlo y los lavaba, su trabajo era el más minucioso que el de todos aquellos que en el mundo lavaban platos en ese mismo momento. Se imaginaba que los bichos que habitaban en la suciedad, y sobre todo en los restos de comida, eran inmortales e inteligentes como nadie, y él se proponía vencerlos. Solo con éste ejercicio se sentía seguro de su labor.

Salía poco de su pieza, era silencioso, pareciera que preparaba el asalto desde hace mucho más tiempo, desde que apenas había llegado, porque daba la impresión de siempre haber tomado las precauciones necesarias. Le gustaba pensar que él vivía en la víspera de una gran batalla.

En la tarde del martes arregló un par de cosas en su mochila de viaje y dejó casi todo listo, al otro día le aguardaría solo limpiar la pieza antes de que procediera con su plan.

A eso de las seis salió a reunirse con Sebastián Huidobro, un tipo al que conoció en Valparaíso tres años antes. Gracias a Gonzalo (delincuente conocido del Cerro Barón y muy amigo de Ramírez) logró hacerse un conocido respetable de Huidobro. Conversaron y brindaron esa noche, y a Sebastián jamás se le olvidó su rostro. Con él, precisamente, arregló la obtención del revolver. Debían de juntarse a las seis y cuarto de la tarde en Hurtado Rodríguez -(calle silenciosa, de casas de principios del mil novecientos)- en la esquina con Compañía. Haría la entrega ahí porque le gustaba el barrio, además por el silencio. Por suerte para Ramírez quedaba cerca. Así que un poco antes de las seis de la tarde de ese mismo martes emprendió camino hacia la búsqueda del revolver.

El trámite fue corto y ya a las seis y media Ramírez estaba trotando en el parque Quinta Normal. Arma en la cartuchera, trotó por el parque pensando en las posibilidades no contempladas para la noche del jueves, de lo que debía hacer al día siguiente para que su escape a Argentina sea sin contratiempos, de lo tranquilo que estaría cuando ya esté liberado de su deuda. En medio del parque divisó a la niña que atendía el local que atacaría, era la hija del dueño. Se tapó la cara como pudo, hizo como que le picaba la nariz y se rascó con la palma, agachó la cabeza, y de esa forma evitó mostrar su cara. La niña ni siquiera lo miró, suerte, se dijo. Trataba de no pensar en que portaba un arma, nunca le habían gustado, su padre las amaba. Así que mientras trotaba, pensó en su vida, en su madre, su hermana más chica, su padre, su rigidez y su maldita manera de mirar como diciéndote que lo que opinas está errado por el sólo hecho que era él quién lo decía. Ramírez era igual de rígido que su padre, sabía que tenía que hacer todo de manera correcta, que era necesario hacerlo bien. Preferiría no hacer lo del jueves, él lo sabe y es conciente, le duelen los actos indispensables. Es preciso hacer lo del jueves, pensaba, no existe otra salida, un acto que odia y necesita, que lo hace reposicionarse sobre sí mismo. No era un juicio de valor, no lo entendía como que era bueno o como que da lo mismo, o como que es malo pero desesperadamente irracional. No, la verdad pensaba que era una ecuación, una fórmula única para obtener los resultados que esperaba. Y no era indiferente ante eso, le dolía de manera violenta, porque como se sabe le duelen los actos indispensables, eso sí, cuando caen en la racionalidad más absoluta, que es el único lugar, creía, donde se acuna la verdadera maldad.

Esa noche durmió nervioso. En la mañana trató de recordar lo que había soñado, pero no lo logró. Su reloj sonó mostrando palpitante la hora, las nueve de la mañana, y en un costado la fecha de color rojo, siete de noviembre, lo miró por un rato y luego lo calló. Tomó un desayuno con huevos y té, eran alrededor de las once de la mañana cuando recibió una llamada a la pensión.

- ¡Señor Ramírez! – Gritó la dueña desde fuera de su habitación – ¡señor Ramírez, tiene teléfono!

-Ya voy.

Pensó en que debía de ser Palacios para advertirle que tenía hasta el viernes para pagarles lo que le debía. Ramírez había pedido prestado dinero a Palacios que hacía de prestamista ilegal, con un interés razonable, éste le había prestado todo lo que cubría las deudas que Ramírez tenía con los bancos. No le gustaba deber y para ello era capaz de cualquier cosa, incluso pedirle dinero a Palacios. Pero una vez efectuado el préstamo se envolvía uno en un círculo del que era muy difícil salir de manera honesta. Por eso lo del jueves, por eso salir temprano en la mañana rumbo a Argentina.

- Hola, loco, ¿cómo estay? – dijo Palacios con aire relajado. No era que él desconfiara de Ramírez, porque, como se sabe, no se trata de confianza, se trata de formas de operar, de criterios a seguir, de no dejar escapar nada, de asegurarse, así son las cosas, Palacios lo había entendido de chico, el “asegurao” le decían a veces, porque preguntaba hasta diez veces una misma cosa y después recién se calmaba. El tono, entonces, no era otra cosa que su manera de hacer sus negocios.

- Bien, bien. Supongo pa que me llamai. Pero no te preocupí, te tengo las lucas a las nueve y media de la mañana del viernes, ¿vale?, ahí donde quedamos el otro día. Tení que ser puntual eso si po weón, porque tengo que hacer algo muy importante a las diez y media; ese día te cuento de que se trata. ¿Me cachai?

- Ya weon oh. No se preocupe, papito, si total a mí es al que más le interesan esas luquitas, ¿o no? Ya oh, chao no más, nos vemos el viernes a las nueve. – dijo Palacios y colgó. Ramírez se mordió el labio.

El resto del día fue planear lo que haría en Argentina. Si iría hasta Uruguay, talvez. Le habían hablado de unas playas cerca de un lugar llamado Maldonado, cerca de Punta del Este en que no se podía construir ni edificios ni calles, era una reserva y lo mantenían lo más intacto posible, decían que sus playas guardaban el aire del naufragio casi intacto. Y él se sentía a la deriva a punto de llegar a una isla desierta. Pensó en que talvez viajaría por América del sur y después iría a Italia. Siempre le había llamado la atención la bota, de Roma a Nápoles. Su segundo apellido era Mazzani, y decían que era de allá, en una de esas se encontraba con un familiar. Estaba alegre Ramirez. Al otro día en la noche debía de dejar de pensar en estupideces, se dijo, y solo deber concentrarse en lo del asalto, maldito asalto, concluía una vez más. Volvió entonces a revisar el plan, se odiaba haciendo eso, pero su comprensión de la dimensión de lo que hacía lo mantenía frío, fuerte. Ni siquiera se cuestionaba que más valía robarle a un comerciante que a un banco. Creía eso profundamente, los bancos tienen el poder, pensaba, y yo con eso no me meto, se decía. Le temía mucho al poder, (recuerda que de chico algunas noches oía conversar a su padre con sus compañeros de trabajo de lo que le hacían a los presos en tiempos de la dictadura, se escondía detrás de la muralla que da al comedor, y los escuchaba hablar, de la corriente, de los golpes). Reducía cada reflexión a los resultados más incomprensibles. No entendía mayormente de política o de filosofía, no leía, así que sus creencias sobre los bancos y el poder era nada más que una tozuda rigidez de su lógica.

Ya en la noche prendió el televisor, buscó un programa que le pareciera lo suficientemente aburrido, e intentó dormir. Le parecía que la ropa de dormir le quedaba incomoda, se la sacó. Le picaba a cada rato cada parte de la espalda, estuvo rascándose por varios minutos. Trató de masturbarse a ver si así se relajaba y se quedaba dormido, no pudo. Se levantó a las dos y cuarto de la mañana sin poder dormir. No puedo estar haciendo esto, se decía, pero no tengo nada más que hacer, rectificaba. Revisó el arma, dio vueltas por la pieza. Le echó un vistazo a la maleta que ya estaba lista para salir el viernes. También revisó el bolsillo de doble fondo donde escondería el dinero restante en el bolso de mano. Tengo que dormir, se dijo, no puedo hacer lo de mañana si me encuentro cansado. Se fumó un pito, pero no fue suficiente. Buscó entre sus medicamentos y encontró un relajante bastante fuerte. Llenó un vaso de agua y se lo tomó. Se tapó bien y se durmió, hasta el otro día, día de la fatalidad, se dijo antes de dormir.
Soñó. Un sueño muy largo tuvo. Aparecía en lugares que simbolizaban un lugar pero físicamente no lo eran. Así se vio mirando el mar desde un cerro en Valparaíso, mirando una ciudad que era el puerto sin ser el verdadero puerto. Caminaba con una niña de la mano, era su hija de casi la misma edad de él, que lo admiraba profundamente, se metían a un café, gente importante lo saludaba. Su hija sacaba una pistola y disparaba contra la gente del lugar, él se sentía manipulado. Es la única forma de volver a verte, le decía su hija, salía corriendo del café y alguien lo acompañaba más adelante. Tení la plata o no, le decía Palacios, es que mi hija le disparó a todos, así que no te la tengo, respondía agitado Ramírez, ¡pero si tu no tení hija hueón!, y Ramírez le disparaba a Palacios. Se metía por unas calles tratando de escapar, y aparecía en Santiago sacando sus maletas, porque el viaje a Argentina lo haría igual, a pesar de haber matado a Palacios. Por más que lo intentaba no lograba llegar al terminal, alguien lo interrumpía en medio del camino, luego la micro que tomaba para llegar se desviaba, sabía que llegando a Argentina la fama y la gloria lo invadirían. Finalmente toma el bus y se sienta mirando al lado de la ventana. En un momento llega a un peaje y suda de temor, en ese momento suena su despertador.

El ruido lo atormenta y se levanta a apagarlo rápidamente. Se debe levantar, busca el desayuno que había dejado preparado, empieza a ponerse su pantalón para ir a trotar como todas las mañanas, son las siete y media, piensa en lo de la noche. No encuentra más que los restos de su desayuno. La señora de la pieza de al lado escucha la radio. Va al baño, que es un baño común de uso genera de la pensión, y se lava la cara, se intenta lavar los dientes pero no encuentra su cepillo, se pregunta si lo habrá guardado ya. Efectivamente, lo tenía guardado en el bolso de mano que tenía preparado para el viaje. En la radio de al lado se escucha una canción, habla del mar Mediterráneo, le pone atención porque desea conocer Italia, y alguien le decía que en la parte del Mediterráneo era lo más lindo de la península. Se sonríe y se retuerce de nervios. Esa noche, esa noche. Vuelve al baño y empiezan las noticias de las ocho, no toma atención hasta que escucha que ha habido un asalto en el centro, espera que no sea el lugar que piensa asaltar él esa noche, ¿cómo tanto?, pensaba riendo, se le destruirían sus planes. Justo pasa la señora de la pieza del lado.

- ¿No supo, mijito? Fue el caballero de la esquina de Cueto con Compañía. –Ramírez piensa que es mentira, no se deja hacer creer- Así es pues joven, anoche vinieron y asaltaron. Se fue con dos millones de pesos, y dijeron que había sido un solo hombre el que lo hizo. Pobre don Eduardo, era joven todavía, ahora la hija va a tener que apechugar solita no más con el negocio.- vieja culiá, pensó de manera rabiosa Ramírez.

Ramírez está perplejo. Se vuelve a la pieza, se le quitaron las ganas de correr, ahora todos los planes se desplomaban, hay otra realidad más hija de puta que esta, se preguntaba, debía de tomar una decisión urgente. Ya eran un cuarto para las nueve, cuando la misma señora le avisa desde afuera de su puerta que ella ya iba a la feria a comprar algunas cosas y quería saber si a él no se le ofrecía algo, no gracias, le dijo con voz tiritona. Golpeó su cama repetidas veces, y sólo daba vueltas por la pieza, Palacios lo iba a matar, y era tan difícil escapar de él. Trató de respirar, se dijo así mismo que otros lugares a esa misma hora cierran igual que el local de la esquina, pero un asalto impulsivo es delincuencia simple, se dijo. Estaba sentado en su cama cuando mira su reloj y ya eran casi las nueve.

¿La feria?, talvez ahí se podía hacer algo. Arrugó la frente en señal de duda, y se volvió a preguntar ¿La feria?, ¿Porqué la señora Lucía iría a la feria?, la feria más cercana, a la que una señora como la señora Lucía podía ir con sus años, se instalaba los viernes, no los jueves. Volvió a mirar su reloj, lo revisó y aunque no lo esperaba, sabía que algo sucedía. Efectivamente, su reloj indicaba que era viernes, se levantó y se miró en el espejo, su cara parecía la de alguien mayor. Pensó en el arma, fue y la revisó, había sido disparada, la dejó caer, estaba sin ni una bala. Empezó a respirar rápido, y miraba a su alrededor. Buscó su bolso de mano y revisó el bolsillo de doble fondo, donde debía echar la plata. Estaba ahí. Lo contó. Era un poco más de dos millones de pesos. Se me borró la conciencia, se dijo.

Había sucedido y no podía recordarlo. Eran las nueve, se acordó de Palacios, debía pagarle. El mínimo de duda residía en la posibilidad de que Palacios no estuviese en el lugar citado, pero ya el dinero estaba en su poder así que no había como negar su acto. Tomó un taxi con todas sus cosas y se dirigió al lugar donde debían reunirse, era cerca, alrededor de ocho cuadras.

Llegó diez minutos tarde y sin embargo ahí lo esperaba con dos tipos, Ramírez supuso que armados totalmente.

- Menos mal que llegaste. – dijo Palacios bastante serio – ya estaba asustado. Que te pasó hueón oh!, vo’ mismo me dijiste que fuera puntual y después llegai tarde. – por fin se ríe.

- Tuve un último percance… acá te tengo la plata, no te preocupí.

Palacios se acercó al oído de Ramírez mientras recibía el sobre con la plata. Le dijo en voz baja:
- ¿Fuiste tú el que se tiró al viejo anoche?

Ramírez lo miró unos segundos directo a los ojos. Guardó un silencio delator, dominante, frente a una sonrisa cómplice de Palacios. Le estrechó la mano. Se despidieron sin ni una palabra. Palacios mientras se volvía a su casa, pensó en el orgullo.

Llegó un poco después de la hora citada a tomar el bus que ya estaba instalado. Guardó sus maletas, cambió un poco de plata por moneda argentina, y se subió al bus. Salió a las diez y media en punto. Estaba nervioso, miró el paisaje del norte de Santiago, pensó en cómo se iban introduciendo a los cerros. Trataba de no pensar, escuchaba su corazón bastante rápido. La muralla de Los Andes, se dijo, y luego selló bien el bolsillo de doble fondo de su bolso. Subía por las curvas antes de pasar el túnel que los deja entrar al otro lado de la muralla. No tenía ni hambre ni sueño, así que el nerviosismo se intensificaba. Los tiras son rápidos, ojalá que no tanto, se decía, deja de pensar es mejor así. Pasaron el túnel y entraron a la aduana que está del otro lado. En cada mirada que hacía al aduanero sentía que se delataba, se delataba de algo que no lograba recordar, algo que él podría jurar ante Dios que nunca lo hizo, se mantenía como un inocente absoluto en su memoria. La inocencia tiene que ver con recordar, se dijo. La realidad invade a tal punto al hombre que, secretamente, los hechos tratan de convencerlo. Pero el olvido, la memoria. El primer timbre en el pasaporte, el chileno, y luego el timbre argentino, después la revisión de bolsos de mano junto con las maletas. Una joven aduanera argentina lo mira sonriente con el desodorante de Ramírez en la mano. Ah! Sí, me gusta usar desodorante de mujer, huelen mejor, siempre las mujeres huelen mejor, le dice sin reconocerse y la muchacha se sonríe mientras revisa el bolso. Antes de subir nuevamente al bus, miró las montañas, la nieve y la extensión del otro lado. Respiró fuerte y se fue a sentar. Apoyó su cabeza en la ventana. Se reía de todos, de sí mismo, de la altura en que estaba, de Italia, de su memoria. El bus empezó su marcha en medio de la imponencia de las montañas y él se fue quedando dormido, por fin tengo sueño, sonrió. Antes de volver a soñar alcanzó a leer un cartel a la orilla de la carretera, Bienvenido a la República Argentina. Muchas gracias, respondió al cartel en voz alta. Ahora su sueño era verdaderamente profundo.