sábado, 14 de noviembre de 2009

La distracción


Sigo a la gente en las calles del centro. Desde que salen del metro o de una tienda de ropa hasta que llegan a un sitio determinado, puede ser un paradero o un inmueble, lo importante es que haya una puerta que funcione como límite para mi persecución, ahí se termina el acoso secreto, luego de eso me vuelvo a casa, y olvido al perseguido. Evito siempre, eso sí, que ellos se enteren de que los sigo. Salgo del trabajo a eso de las cinco de la tarde y a las cinco y media o un cuarto para las seis ya estoy instalado en pleno paseo Ahumada esperando a que alguien me llame la atención, alguien que se merezca que lo siga por ahí hasta sus circunstanciales destinos.

No hay un patrón particular de personas a las que me gusta seguir, realmente puede ser cualquiera, incluso un niño. Animales eso sí, no. Sobre todo perros, cuando he intentado seguir un perro por las calles del centro, al poco rato éste es el que me está siguiendo a mí y se vuelve aburrido y eterno ya que como no tienen un lugar determinado a donde ir, si no que se guían por las condiciones de su hambre y de su instinto, acabo aburridísimo en una plaza cualquiera a las once y media de la noche con el perro mirándome fijamente a los ojos y moviendo la cola logrando que me irrite y me frustre por mi mala elección. ¿Palomas? Es peor, ellas vuelan y yo no. Lo concreto es que decidí seguir personas al poco tiempo de tener esta práctica.

Así fue como un día cualquiera, tan cualquiera que no recuerdo qué día era, en que además estaba dudando por un momento el quedarme en el centro a seguir a alguna persona, me senté al lado de una mujer en una banca del paseo peatonal a evaluar mi inminente regreso a casa. Hablaba por teléfono muy apresuradamente y moviendo las manos para apoyarse, pero cuando ella cortó su teléfono celular podría haber seguido siendo para mí una oficinista más, saliendo de su trabajo y caminando por el paseo Ahumada a las seis de la tarde. “Trabajo hasta tarde hoy, así que no me esperen”, dijo antes de cortar. Escuché atentamente, esa frase que fue pronunciada con un tono exquisito de mentira manoseada, que todos reconocemos, y que nos hacemos los huevones, y que a lo mejor nos vuelve más fuertes; esa frase me incitó a mirarla.

Por supuesto dejé de evaluar mi regreso a casa inmediatamente y a pocos metros de distancia luego de la banca que la acogía hace un instante, me paré tranquilamente y la seguí. Se fue por la Alameda, y aunque costaba mucho por la cantidad de gente que anda a esa hora, me mantenía a media distancia. La observé, a pesar de que a veces se entremezclaba con otras oficinistas más que me lograban confundir, ella caminaba firme. Quise detenerme porque me acercaba peligrosamente, y leí los diarios en una esquina, había explotado algo en algún edificio de alguna parte del mundo, decía un matutino en el kiosco. Retomé mi persecución en un momento.

Mientras íbamos a la altura de la Biblioteca Nacional yo empecé a jugar imaginándola con esa otra persona que estaría esperándola en un bar o en una esquina más allá. ¡Ah!, me dije hasta las actividades clandestinas de las personas de esta ciudad pueden ser predecibles. Una historia típica, pensé, él: el jefe, ella: la secretaria, él con unos cuarenta años, ella unos treinta y dos, todos en la oficina lo sabían de forma secreta, de miradas cómplices, de cuchicheos por los pasillos.

Mientras seguía especulando, ella tomó calle Lastarria al lado de un edificio que volvía a ser reconstruido. Seguimos en medio de construcciones antiguas, y gente snob con un caminar particular que tiene la gente del barrio ese. Caminar de sala de teatro, cafés literarios, librerías, cine pequeño de barrio (con películas de una Europa un tanto lejana que ellos la querrían un poco más acá), con películas que duran más de un mes en cartelera, tiendas de ropa exclusiva y airecito a moda. Finalmente tomó una calle interior. Frente a un escondido café-bar ella se sentó en el quinto peldaño de una escalera de piedra que daba a un segundo piso. Yo pasé de largo y me senté en las mesas externas del café. Pedí un expreso y me puse a esperar a su amante secreto. Sí, tan necesario a veces, (amantes: el deseo implacable de desprenderse del mundo por un instante), con ellos podemos defendernos de tanto trámite y tarjeta.

Pasó media hora y nadie llegaba, su cara era más bien tranquila. Miraba hacia las ventanas, hacia al cielo o la luna que se asomaba. Apoyó su hombro izquierdo a la pared, se arregló el pelo. Y de pronto poco a poco, para mí, empezó a transformarse de producto del mercado laboral envuelta en un living de oficina y marido y mujer, reflejo en la vidriera de un banco, en fin, a una mujer que en su postura simple y libre me hacía replantearme mi juego de prejuicio social, (el tropiezo como indicador de tanta estupidez). Podía verle la entrepierna de vez en cuando, talvez podría tener piel, labios, lengua y saliva, pensé. Qué podía hacer yo entonces, más que mirarla hasta que me viera, hasta que entienda que la comenzaba desear, así, y ahora en un juego indefinido.

Mi biblia son las palabras, por eso la miraba, porque esta biblia no me daba respuesta coherente. Porque todavía los ojos veían a una mujer tan de inconsciente colectivo, de modernidad monótona, de secreto escondido, de cuerpo clandestino, de vidrio empañado por decencia. Y por otro lado esperaba la metamorfosis de una ninfa dormida.

Empinaba un trago del café cuando de pronto, muy despacio sus pupilas apuntaron en dirección a las mías, y se volvieron fijas. Mientras me miraba dejaba caer su cabeza lentamente hacia el costado izquierdo, y yo casi simultáneamente dejaba caer la mía hacia el derecho. Y con expresión de “Monalisa” esperaba que me dijera algo con esos ojos de cristal de catedral que alcancé a notar a pesar de la distancia.

No sé cuánto tiempo fue desde que nos empezamos a mirar, pero la tacita ya se me había enfriado, cuando de pronto, manteniendo la mirada, ella se paró y empezó a bajar. Primero la pierna izquierda, luego la derecha, y así mientras yo sacaba un billete y lo dejaba en la mesa, también sin dejar de mirarla.

Cuando ella prendió un cigarro, yo bebí el último trago del café, completamente frío, y me paré. Crucé la pequeña callejuela de frente hacia ella.

Ojo con ojo en mitad de la vereda, botó el cigarro con pocas fumadas y sin pronunciar palabra me besó estrepitosamente. Me mordió inmediatamente y me tocó el bulto que se erguía en mi entrepierna. Me llevó casi corriendo y sin palabras a unos estacionamientos a medio piso y claroscuros media cuadra más allá.

No hablábamos, me tiraba de la mano y no hablábamos. Ella empezó a bajarme el cierre con besos en el cuello pasando la lengua tibia, y yo respondía apretándole la cintura y bajando mis manos por sus piernas hasta levantarle la falda corta de secretaria frígida. Ella se bajó la pantymedia y los calzones. La senté arriba de los estantes de los medidores de agua al momento que esparcíamos la ropa por todos lados a modo de chaya de cualquier carnaval boliviano. La penetré y ella me hundía, me hacía pasarle mis manos por los pechos blandos y sedientos de saliva. Sobre todo me obligaba a pasarle la mano por la cara, dejando descubiertos solo los ojos que no dejaban de mirarme. La penetraba como niño obsesivo, le mordía los pezones como se hacen con los labios y la lengua. La tomé de las nalgas heladas por el cemento para levantarla, ella me rodeaba con las piernas, se aferraba. Nos dimos vuelta mirándonos sin cesar y ahora era yo el que estaba sentado en el estante de cemento. Ella se montó y saltó fuerte con las rodillas descubiertas, rompiéndose, sacándose sangre, qué más daba, después diría una mentira más para vencer la presión, mentir seguro era más normal que todo. Sin dejar de mirarme, con sus manos en mis hombros y mientras sus uñas se enterraban en mi espalda, empezó con esos pequeñísimos quejidos, preámbulos del orgasmo. Mi excitación se elevó. Salta, entro y salgo y luego el grito, desgarrado, como si fuera el último grito de la historia, así, lleno de olores químico ambientales, pantalla de computador, la casilla llena de mail, luz de tubo fluorescente, represión y cinismo cotidiano que escapaba de su cuerpo, explotaba con su cuerpo y la dejaba tranquila. Apoyó su frente con la mía, respirando rápido y con la boca abierta, me miraba, tenía los labios rojos, la lengua hacia dentro. Yo respondía sin saber qué era lo que sucedía, también agitado, con iris y pupila y tubo de escape para su combustión interna.

Luego de un minuto se paró sin dejar de mirarme, empezó a recoger su ropa y me veía, se vistió lentamente y me veía, pasaba sus manos por las telas de su ropa como si las consolara. Se acercó, me tomó la mano y me hizo tocarle la cara, titubeé algo que no me permitió decir, al mismo tiempo, su mano lo hacía con la mía. Y en un momento casi sin darme cuenta nos cerramos los ojos. Sonaba una sirena a lo lejos, a pesar de ello no había mayor ruido, una ventana casi en frente había apagado las luces y esa mujer que ha grabado sus dedos en mis hombros, guardaba lentamente una flor que se le había caído mientras comenzó todo.

Los mantuve cerrados por un momento mientras volvía a la respiración regulada. Al abrirlos ella había tomado su camino y ya casi se perdía por entre los edificios, a la distancia se le veía la espalda, su falda corta despertadora de prejuicios, se tomaba el pelo despacio húmedo de sudor. Seguramente, en su rostro, la boca sin pintura ya, porque la había botado en los labios de un imbécil y desconocido que miraba con cara de idiota. Labios que necesitaban ser pintados nuevamente para que su boca quede lista para hablar con el mundo, a través de las palabras que se caen de la garganta, fingiendo ser alguien que trabaja mucho, con una vida discreta y tranquila, como mucha gente que camina por el paseo Ahumada a las seis de la tarde.

Despedida


Cuando me despedí ya el sol golpeaba los rostros. Una noche completa, llena de palabras que quedaron inconclusas. Mira que nuestros ojos se miraron como se hace con las esculturas. Daban las nueve y yo caminando en medio de un parque, archivando canciones y risas en una pequeña esquina de mi cabeza. Parece mentira, ¿no?, ¿Cuánto tiempo ha pasado? Sí, es verdad, parece que hace dos meses. Dame un beso fuerte que ya tienes que irte, vamos, no te limpies con tu manga, mírame como esa noche; te ríes.

Ahora que ya tomas el vuelo devuelta a tu vida, tienes la cabeza gacha mirando tus zapatitos para evitar mirar Paris que en un instante anulará el tiempo que estuviste cerca, en la manifestación, en la peña, en el puerto, en una noche de palabras. Entiendo perfectamente, pero para una adicta al viaje como tú, debería estar claro el apego, debe ser, sé que lo sabes, pero déjame recordarte que aunque quieras llevarte esa flor, no puede ser.

Seguro que Paris sigue siendo igual de lejos que siempre. Yo por mi parte miro a Santiago más escondido del mundo que nunca, escribiéndote mi primera carta.

¿Tienes frío?, está a punto de convertirse en invierno, y afuera llueve, oh! perdón, verdad que después el sol te volverá a quemar la sangre, es tu tercer verano seguido, has cruzado los hemisferios como quien compra el pan para el desayuno. No sé si mis brazos te puedan cubrir como esa mañana cuando nos despedimos de forma simple, a pesar que tú venías de otras despedidas más complejas, también acompañada de viajes, amor y todo eso. Aunque no lo creas las despedidas así como éstas, ya sea en aeropuertos, o en una tarde de otoño en pleno febrero, se me han vuelto repetitivas, trozos mayoritarios de mis recuerdos, sí, estamos hechos de despedidas. Y concretamos la vida con la despedida primordial: la muerte, no me mires así, que es verdad.

Sé que quieres pensar en todo en un instante pero tal vez la rue du jeu de Paune siga siendo la misma, distrayéndote de tu memoria, de tu viaje al Perú. Hasta esta tarde en el taxi camino al aeropuerto, no has cambiado tus ojos, me miras como desde abajo, tal vez te pesan las previsibles palabras, los lingüísticos lugares comunes de la despedida, escribe pronto que yo ya he comenzado, te quiero, yo también. Pero dime que me esconderás también en un lugar de tu memoria. Que cuando estés por entrar a la rue du jeu de Paune olvida que estamos a distancia, y que quizá tu habitación se parezca a la mía. Resiste los sentidos.

Sí, ¿quieres venir? Perfecto es este fin de semana, así de simple, y entonces te pasé a buscar, y el vestido se adhería a tu caminar, y esa noche, sí y el beso robado, te ríes de nuevo, y el baile, más bien tú danza, y yo con la cara de idiota tratando de agradarte, me gusta cómo te ríes, pero fue así ¿o no?, fue sin aviso previo y te besé, luego me fui por primera vez y me dijiste que te gustó el robo. Ya, sin esa cara por favor, que las lágrimas me van a rodear los ojos y se destruiría toda la teoría viajera que te planteo.

El autobús que me lleva de regreso tiene los vidrios empañados, aparte de una señora con un abrigo pequeño, solo voy yo. En tu caso, tal vez haga más calorcito estando más cerca del sol, tal vez estés mirando para atrás como esa vez en que despedirnos fue más largo que nuestra velada, nos mirábamos hacia atrás, reencontrándonos y a veces devolviéndonos, para re abrazarnos, y volver a despedirnos. Cuando fue definitivo volvimos la mirada a destiempo, tú en camino del puente, y yo entremedio del parque nuevamente, yo volví la cabeza dos segundos después, entonces tu pelo y tus manos balanceándose, tú ya no miraste mi cara sino, hasta el otro día, cuando fuimos a lo de la villa de tortura, ¡qué episodio! Insististe en ir, yo entiendo, pequeña, pero yo viví siempre al lado de eso, no me gustaba pasar por ahí, viste que ya está lleno de flores, pero el dolor se encuentra en cada uno de sus pétalos, como que me saca, no veo la diferencia de antes, el dolor, los gritos no se borran ni con flores ni nada. Perdón es que ya sabes, sé que no es un buen momento, abrázame.

Viste. Ya ha dado la hora. Mira tu reloj. Bueno, está bien te digo la hora al oído, te extrañaré. El 767 te espera. Sí, duele. Cómo no ha de ser así, anda, anda a perderte por el planeta de nuevo, despliega tu alma por los continentes, tú sabes, cuando quieras vuelve, cuidado con la flor, ojalá no te la encuentren, vente mañana o en veinte años, y ahí si quieres nos despedimos de nuevo, una madrugada al lado de un parque, sólo si quieres, cuando quieras vuelve así, como pasó todo esto, llega de pronto, sin avisar.

jueves, 12 de noviembre de 2009

El Edu




El Edu no era nada especial: un hombre tranquilo, callado, serio, a veces asexuado. Hemos de hacer de nuestras vidas la cuestión de conformar a Dios, dijo un día, creía en Dios el Edu. Lo concreto es que su nombre no era nada para nadie. Eso lo sabía el Edu y por eso quería morirse. Sólo un día sí que lo fue, sí, un día todos se acordaron de él (en realidad todos los que podían recordarlo, los que tenían los elementos para hacerlo), lo reconocieron e hicieron de sí mismos, seres condenados por la memoria.

Se suicidó el Edu un día. No fue más que eso lo que hizo, pero todos los que podían acordarse de él lo hicieron. Se suicidó en medio de la noche, cuando el primero de todos, un tipo del que el Edu nunca supo el nombre o nunca lo quiso saber, se acordó de él. Estaba tratando de levantarse a una mina, haciéndose el canchero y esas cosas. Se acordó del Edu al momento de pedirle un beso a la muchacha, después de vinos, cervezas, un pito y unos bailes. Se acordó de ese adolescente callado con el pelo despeinado y la camisa fuera del pantalón. Recordó que su primera petición de beso se la hizo a él, al Edu. Se lo había pedido, hace quince años, en la sede de centro de alumnos del liceo, se lo pidió porque sí, sin dar mayores explicaciones. El Edu se negó con fuerza. Le reventó la nariz el Edu al tipo que nunca le supo el nombre. A pesar de sus femeninos gestos no era Homosexual el Edu, así que se negó. Nunca más hablaron, se miraban desde lejos con rabia. No se mataba por la falta de un amor, se decía con su mirada distraída. Tuvo uno eso sí, de los grandes, de los únicos, Adriana, aunque ella nunca lo tomó mucho en cuenta, pero él la amó como nadie jamás amaría a Adriana. Y para ella el Edu, era el Edu, el que la ayudó en un examen en la universidad, el tipo callado del fondo con el que anduvo saliendo con una semana. Ella tuvo éxito en su profesión, el Edu no, nunca consiguió una ayudantía siquiera. Entonces mientras el tipo le pedía el beso a la muchacha, se acordó del Edu, pero él no se acordó del tipo en ese momento, él se estaba suicidando en ese preciso momento, no pensaba en nadie y en todos a la vez el Edu en aquel instante.
Adriana al mismo tiempo que daba leche a su bebé recién nacido, se acordó del Edu. También se acordó ella del Edu después de muchos años, justo en el momento en que el Edu preparaba la cuerda y la silla y el lugar y la botella de ron y el pito y el último cigarrillo. Adriana le daba teta a su hijo de una semana de nacido porque se había despertado llorando a esa hora. Era lindo el niño, se parecía a su padre, el flaco Alberto, compañero del Edu también en la facultad aunque era unos años menor, había entrado tarde el Edu a estudiar. Ella se acordaba del Edu porque el primero que le tocó sus tetas había sido él. Adriana se contuvo, pero lo dejó, fue en una fiesta de la gente de la carrera, en primer año. Le permitió que lo hiciera despacio, pero se dejó, no porque le gustara mucho el Edu, si no porque estaba medio borracha y a pesar de sus diecinueve, a ella nunca le habían tocado ni las tetas ni nada. Se acordó de él justo al momento en que el Edu hacia el nudo en la cuerda, un nudo firme, bien firme, como las tetas de Adriana a los diecinueve.

Se tomó la botella de ron completa el Edu antes de colgarse. El flaco Alberto estaba trabajando en algo que no le gustaba. Había abandonado la carrera porque dejó embarazada a Adriana y no podía más que hacer eso, más que trabajar en lo que viniese y pagar lo del bebé. Estaba cuidando un edificio, era conserje, eso hacía el flaco. Alguien se anunció por el citófono, se llamaba Eduardo. Dijo que se llamaba Eduardo al mismo tiempo que provocó que el flaco Alberto se acordara del Edu, mientras éste ponía la cuerda alrededor de su cuello. El flaco Alberto se acordó de él, de su letargo al hablar, de su silencio constante, de que alguna vez le presentó a Adriana, de cómo había tenido un hijo. Le echaba la culpa por conocer a Adriana, por su trabajo de mierda, y todo. Se acordó del Edu cuando éste se ponía la cuerda en el cuello y se dejaba caer más allá de la silla, más allá de donde podía soportar su cuello. Fue muriendo el Edu.

La chica le negó el beso al tipo del que el nombre nunca supo, y dejó a la fuerza de acordarse del Edu, porque se auto convencía que le daba asco, el Edu le daba asco al tipo que nunca le supo el nombre. El bebé se durmió mientras bebía leche de la teta de Adriana, ella dejó de pensar en el Edu y empezó a pensar en el futuro de su hijo, dejó de pensar en él mientras tiritaba y quedaba sin respiración colgando en su dormitorio. Se dejó también de acordar el flaco Alberto cuando otra persona llamó al citófono y le hizo recordar a Adriana cuando la conoció y la amó. No se acordó más del Edu el flaco Alberto.

Cuando murió el Edu ya nadie se acordaba de él. Se murió y nadie se acordaba de él, nadie solía acordarse nunca de él. Se murió en el olvido el Edu, así como vivió, en la no-memoria, en la indiferencia. Solo diez días después alguien volvió a acordarse, la vecina, la de al lado, la que nunca lo recordó, ni lo conoció, ni jamás le habló. La vecina se acordó de él como nunca, con extrañeza, hacía días que no lo veía, y le decía a la policía que salía un olor horrible de su casa.