domingo, 25 de agosto de 2013

Texto que escribí para la presentación del libro "Desafinan con el frío" de Rodrigo Hidalgo. 24 de Agosto de 2013

Desafinan con el frío, una introspección en el límite

“Desafinan con el frío” es un rayo directo en el pecho. Logra que nosotros nos veamos ahí en medio de sus historias sin haber vivido nada de lo que encierran. Nos reconocemos sin saber cómo, todo, movido por un lenguaje certero. Hay una melancolía que no es de postal, en donde la muerte, la relación familiar, el desapego trasuntan en una visión de la vida que no tiene moralinas, si no que se muestra con el desgarro de la condición humana misma.

Aparentemente frágiles nos deja el paso de los años. Los personajes de esta novela no escapan a ello. Un hombre, Salvador, padre de Gonzálo, el tiempo lo hizo volverse a Dios. A Amanda ya no le queda deseo en la piel, el deseo que la hizo llamarse Amanda. A Bernardo el tiempo lo volvió un “hombre nuevo”, pero nadie sabe y habita de manera perversa en la memoria de su ex barrio. Mientras tanto, mientras sucede eso, la muerte aguarda, ronda desesperadamente, todos lo saben o lo intuyen y sin embargo a nadie le importa.

La historia decanta, cae como la vida misma, como una racionalidad potente. Incluso los sentimientos se apartan para que reinen las viejas rencillas y recuerdos. Borges, en el poema “Cambridge” dice: “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.”, esta novela muestra ese montón de espejos pero rompiéndose, nos cuenta las historias en que formamos parte de ese quimérico museo que nos habló Borges.

Luego lo sublime se nos aparece en medio de la desgracia. Lo sublime deja de serlo para que el relato se concentre otra vez en la historia misma. Entonces un hecho cuasi fantástico sucede, pero no nos distrae, por el contrario, una vez que pasa ese hecho sublime, avanzada ya la novela, cuando los personajes se han mostrado en su estructura misma quiénes son, el lector podría tomárselo con normalidad, incluso con más normalidad que las tías del protagonista que le atribuyen a ese hecho categorías divinas.

“Desafinan con el frío” finalmente nos hace levantar la vista, nos hace dar cuenta que estamos en medio de tantas historias que seguirán sucediendo en todas partes, historias que aparentan ser únicas e irrepetibles, pero no. En este mismo instante otros, como Gonzálo, o Bernardo, o Amanda, en otro lugar, toman decisiones para rehacer sus vidas, o para simplemente seguir sobreviviendo, pero se enfrentan con una realidad desidealizada, que Rodrigo Hidalgo describe de manera rotunda en la novela, esa realidad o los derrota, o los volverá más fuertes de ahí en adelante. 

jueves, 13 de junio de 2013

Sobre El Caso Las Dalias, Por Carlos Henrickson



Revista El Desconcierto, Junio de 2013


Bajo el vestuario de una novela policial, Cristóbal Soto Calistro (Santiago, 1981) nos presenta en El Caso Las Dalias (Santiago: Libros del Perro Negro, 2012) una historia intimista de especial densidad y sutileza. Y valga este vestuario, ya que en toda escritura creativa de aliento -y particularmente en nuestro experimento cultural de mestizajes que es nuestra Latinoamérica-, la adscripción a un género es un gesto, más que ser la definición falsamente esencial que instala al autor en tal o cual sector de los escaparates o las vitrinas. Pero ¿qué se puede definir realmente con ese gesto, para que no quede como una vanidad -en su sentido pleno de ostentación vacía?

Según Chesterton, las historias de detectives extraían su valor esencial, entre otras cosas, a través de una renovación del género épico, tomando como imagen paradigmática la voluntad libre del héroe a través de un paisaje urbano en que lo misterioso, lo poético, volvía a ser posible. Sin embargo, en El Caso Las Dalias se trata de una búsqueda interior, en que el narrador está lejos de buscar la verdad en un entorno que nada tiene de extenso -y menos de misterioso. El narrador es un gásfiter, que vive y trabaja en un mismo barrio de una ciudad cualquiera, y, por otro lado, aparte de lugares marcados por una función social ritual -los tribunales, el cementerio y, probablemente, el prostíbulo- la novela transcurrirá tan sólo en los estrechos límites cotidianos del barrio Las Dalias, en que cualquier extrañeza es tan sólo la extrañeza íntima. Y es ésta, precisamente, la niebla que el lector debería disipar a través del libro: el lugar de esta sombra no es, como en las convenciones más manidas del género, la corrupción malsana de nuestras sociedades o la atmósfera perversa que es la huella del criminal perturbado, sino la del secreto íntimo que constituye la personalidad de aquel hombre común, tan fácilmente segmentable y administrable para nuestra sociedad de eficacia normalizadora y espectacular, condenado a una unidimensionalidad de objeto. Y esto es notorio: el hecho que nos presenta la posible relación de Camilo Quezada -el narrador- con la muerte que abre el desarrollo de la novela (su paternidad no reconocida tras la aventura con una vecina casada), no es poco común, si bien la máquina del espectáculo cultural quisiera que estos casos constituyeran excepciones de genialidad o perversidad, en pos de una normalidad deseable. 
Es en torno a este último punto que la prosa de Soto destaca en un objetivo esencial: la moderación expresiva es capaz de dar la medida de un entorno reconocible y cotidiano para un lector medio; por un lado se evita con éxito cualquier intención de cargar las tintas hacia un malditismo -y de hecho, no existe rastro de la vacía ostentación de marginalidad de cierta área de nuestra narrativa contemporánea-, y por otro, no se da la tentación de pausas digresivas que pudiesen apuntar a algún tipo de moral -Quezada centra su monólogo interior en emociones directas y reflexiones inmediatas. Con ello, la narrativa de Soto no se convierte en un puro gesto efectista ni en nodriza de un dispositivo reflexivo; con la superación de estos dos escollos basta para que destaque en el ya extenso escenario narrativo de nuestras editoriales independientes. 
Con una correcta narrativa y retratos precisos, Soto sabe plantear con éxito una apuesta argumental que sabe llevar bien la densidad que implica administrar lo secreto en una obra narrativa -de hecho, la revelación del secreto coincidirá y no constituirá la resolución del misterio, lo cual hace saltar una posible lectura cerrada del libro. Afortunadamente para el autor, al acabar las 71 páginas del libro, se hace obvio el principal defecto de éste: su brevedad, que deja al lector esperando por una colección de relatos de tan limpia y precisa factura.